Cómo somos realmente

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Leyendo una entrada con un nombre similar a la mía de Hugo Landolfi, me vinieron a la mente varias afirmaciones sobre “cómo somos realmente”.

La primera es que somos lo que hacemos. Me viene a la mente mi epítome sobre mí mismo que me gusta colocar en mis perfiles en línea. Sin embargo, esta línea es un tanto falsa, ya que somos lo que hacemos dependiendo lo que hagamos en ese momento determinado… OMG, en palabras más sencillas, no podemos ser lo que somos porque lo que hacemos aún está en desarrollo, aún no es su grado más alto de habilidad. Igual y funcionaría con un artesano que ha perfeccionado su arte, ya que como su hacer cotidiano es perfecto, eso lo haría un Maestro, mas eso no es general. Un mal alumno en la escuela no lo define por completo en su existir, sólo lo predomina.

La segunda conciste en que somos el reflejo en los ojos de las personas que nos aman realmente. Esta afirmación me parece muy cierta. Pongámoslo en un contexto más práctico.

Cuando una persona tiene problemas de cualquier índole, toda posible solución le resulta dudosa y tiende a dudar de sus propias capacidades. Para ayudarse a sí mismo, la persona en cuestión acudirá a su círculo más íntimo en busca de consejo. Para su sorpresa, los consejos brindados resultan ser una gran revelación; pero para los consejeros, las palabras de ayuda no son más que un recordatorio, un recordatorio de cómo actuaría esa persona bajo circunstancias cotidianas.

Para aclarar un poco el párrafo anterior sólo puedo decir que cuando hay problemas, tendemos a acudir a las personas que nos aman para que ellos nos recuerden quién somos y cómo solemos actuar en situaciones comunes. Esto es posible porque las personas que nos aman realmente nos conocen y nos aceptan tal y como somos. He ahí el meollo de que nos ahoguemos en un vaso con agua y los demás nos digan exagerados…

Crónica de Oaxaca - UNAM

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Igual y me tardé un poco al escribir esta crónica, así que no estará tan fresca como debería estarlo, pero igual y la plasmaré tan vívida como mi mente me lo permita.

Todo empezó en la mañana del viaje. Como siempre, algo me retrasó y estuve a punto de llegar tarde, tan tarde como la típica llamada de “We, faltan 10 minutos, ¿qué pedo? — Estoy a cinco, así que no hay problema”. Todo para que alguien llegara realmente tarde y provocara mi sátira durante algunos minutos.

El viaje fue cómodo. Me alegró el hecho que mi grupo de amigos me excluyera al no guardarme lugar en la parte posterior del camión, lo que me obligó a sentarme en un cómodo asiento delantero al lado de la maestro, lo cual me permitió escuchar a gusto mis 8 gigas de música y disfrutar de mi endemoniado libro que no se deja terminar.

Así fue durante una gran parte del viaje, en la que estuve dando vueltas momentaneas en el camión para cuidar obligaciones sociales y probar una que otra gota de alcohol.

La llegada fue más pronto de lo que esperaba, mi organismo estaba acostumbrado a que el viaje a Oaxaca era de 12 horas, pero no contaba con que esta vez nuestro destino era la capital y no los distritos. Llegamos a un hostal cerca del centro de la capital. Nos instalamos y decidimos salir a buscar un buen lugar para rellenar el estómago y disfrutar del partido de México. Y así fue, encontramos un lugar con buen espacio y que, sobre todo, nos permitía hacer nuestro desmadre ya usual. Comimos y pedimos algunas cubetas de cerveza, para cuando terminó el primer tiempo del partido, la mayoría le prestó más interés al karaoke y a la bebida que no hubo otra opción que ahogarse en el alcohol.

El segundo día comenzó con actividades desde temprano, visitamos la biblioteca de Santo Domingo. Muy interesante el viaje, ya que nos permitieron tener un códice a menos de 10 cm. y nos prestaron algunos incunables para su apreciación. Al final del día, como de costumbre, terminó en borrachera; aunque a mí ya no me agradó mucho.

El tercer día decidimos ir a una fábrica de papel artesanal. Nos enseñaron a fabricar papel e hicimos nuestra propia hoja de papel. El único problema que se encontró aquí fue el excesivo precio de los artículos. Sé que es algo artesanal y que cuesta hacerlo, pero me negué a pagar $300 por un par de aretes de papel. Al regresar acompañé a mi amigo Juan a cumplir su manda en la Casa del Mezcal. Espléndido lugar: buena música, buen ambiente de cantina, muchos tipos de mezcal y de cerveza. Fue curioso, porque la mayoría no quería ir porque les asustaba el hecho de tomar mezcal (Sí, la mayoría son tan nenas que sólo saben tomar cerveza y bacardi, supongo) y se fueron a un antro. Al principio éramos sólo Juan y yo, después se sumaron Victor y una amiga, después la mitad del grupo estaba ahí (Pero la mayoría no probó el mezcal).

El cuarto día nos aventuramos a Monte Albán. Magnífico sitio arqueológico, y nuestra guía fue sobresaliente. Después de eso nos fuimos al jardín etnobótánico, y despues… Exacto, se fueron a beber otra vez. Digo fueron porque esta vez no fui, me quedé jugando Turista Mundial con Raquel y Victor. Debo decir que nos quedamos platicando como hasta las 5 a.m. y fue de lo que más me gustó del viaje. Todos regresaron ebrios y crudos.

Al día siguiente fue mortal, ya que no nos dieron tiempo de turistear a horas adecuadas, así que fue una desmañanada de pararse a las 7 a.m. e ir a buscar tanto café como mezcal y alguno que otro recuerdillo.

En lo general me gustó el viaje, lo que no me gustó fue que se la pasaron tomando, como si no pudieran hacerlo en otra parte, en fin, se vio la poca madurez de mis compañeros. Si algo tuviera que rescatar del viaje serían los guías que nos tocaron. Personas muy capacitadas y con muchas ganas de transmitir lo que sabían. Otra cosa que en particular me gustó fue conocer a fondo a Vic y a Raquel, son muy buenas personas, dignas de ser parte de mi grupo de amigos.

Fin.

Keep Walking

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Arg. Me caga cuando esto me pasa. Me inspiro bien cabrón con una frase y cuando la pongo como título todo se me va.

Esperemos que vuelva xd. Cuando regrese escribo.

Crónica de Oaxaca

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Al principio creí que el viaje sería increíblemente incómodo. Pero la realidad fue a medias. Viajar con mi padre, con mi nueva edad, fue… distinto.

El hecho que me hayan dicho “hijo no deseado” durante el proceso necesario del divorcio fue un “shock” para mí durante mucho tiempo, ya que uno hila una cosa con otra y así sucesivamente. Durante las primeras dos horas de camino no dejaba de pensar en el por qué ya no me importaba ese hecho. El ver a mi padre tan inconforme con su realidad me hizo sentir un tanto privilegiado de mi edad, ya que el “hubiera” no me pesa tanto como a él.

Al llegar a la tercera y cuarta hora decidí aceptarlo como compañero de viaje y posible aliado contra los ataques esporádicos de mis abuelos, los cuales estaban a 7 horas de camino, quienes iban a atacar ferozmente el hecho del “olvido” involuntario que resulta de lidiar con los problemas cotidianos de la universidad, el existencialismo pancrático de los 20s, y los enamoramientos y desenamoramientos propios de la vida. Una batalla anunciada y repetida tantas veces como las visitas a los mismos, sólo que los factores del olvido eran otros en el pasado.

La séptima hora, tal como espiritual, estuvo llena de curvas. Curvas y curvas, y más curvas. Al sentirme en círculos, no tuve otra opción que mirar el celular, buscando un ancla que me aferrara a mi realidad, fuera de esas curvas que parecían no llegar a ningún lado. Dos llamadas perdidas. Cookie y Corina. ¿Era posible algo más contradictorio? Poco faltó para arrojar el celular por la ventana y convencerme a mí mismo de que al salir de la siguiente curva sería un ser extraño y que hablaría de mí a mis abuelos como una persona completamente desconocida.

La curva nunca llegó, ya habíamos acabado ese castroso recorrido lleno de curvas. Ahora nos dirigíamos al puerto.

La temperatura no dejaba de subir. Al principio me pareció un reto el resistir el calor sin desahogarme con alguna profana palabra de mi florido vocabulario. Pero cuando vi el termómetro subir a 41° se me escapó un “¡Putísima madre!”.

Después de 11 horas habíamos llegado a nuestro objetivo. La casa de mi virgen y cincuentona tía, mi tía Chela. Cuando llegamos tenía unas increíbles ganas de fumar, la ecuación correcta sería: Calor + Nervios + Perdida-reciente-de-la-raya-del-trasero + Cabeza-inventando-pretextos-para-el-olvido-involuntario = Cigarro. Afortunadamente para mí, no estaban en casa, así que decidí fumar tanto como pude (Estoy hecho a la antigua, no puedo fumar en frente de los progenitores de mis progenitores) hasta el momento en que llegaron.

Una risa mental y un “Soy el hijo perdido de este tipo <.<” generó el ¿Quién es él? de mis abuelos refiriéndose a mí. Claro, habían pasado ya 7 años de abstinencia. No es lo mismo un chavito de 16 años con buenas calificaciones con el único vicio de jugar máquinas y pelearse a un joven de 23 años, con barba y aretes, con más vicios que virtudes y unos cuantos kilos de más. Debo decir que yo también me sorprendí, antes los veía hacia arriba, y ahora los miraba de frente.

(Aquí empiezo de pervertido, los santos cierren los ojos) Lo más impactante fue saludar a mi tía. Soy un pervertido con licenciatura en “Fantasías sexuales de ayer y hoy”. Y el hecho de saludar a una virgen cincuentona me impactó en sobremanera. No podía concebir a una mujer que nunca ha tenido relaciones sexuales o que mínimo se ha tragado entero un dildo mamút. O sea, ¡vamos! ¿Qué mujer no se ha masturbado en su vida? -Ella. ¡Chingo a mi madre! Había encontrado una anomalía universal que no hubiere deseado conocer. (Abran los ojos los santos, ya dejé las perversiones n_n)

Decidí pasar mucho tiempo con mi abuela. El pensamiento de que ya estaba viviendo su tiempo extra no salía de mi mente. Descubrí que la edad le había otorgado la virtud de escuchar y saber callar cuando el tiempo lo ameritaba. Me sorprendió la facilidad con la que cambiaba de tema cuando mi padre se acercaba y cómo retornaba al tema al alejarse. Se ganó mi respeto, es una gran Señora.

Mi abuelo, por otro lado, no ha cambiado nada. Sigue tan filoso y ácido como siempre. Aunque pude notar que su memoria le está fallando. Lo descubrí diciéndome el mismo comentario más de tres veces al día, lo que me permitió defenderme de una manera más quirúrgica en cada repetición, hasta que dejaba de hacerlo.

No hay más que decir, mis abuelos ya están acabados. Ahora siento más pesado el apellido. Sin embargo, me siento bien de haberles causado un poco de felicidad a sus vidas, un pequeño payback.

Crónica de Guadalajara

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No hay más que obscuridad allá afuera, un iPod a todo volumen y un celular con un mensaje en blanco. Sin embargo, no puedo quitar mis ojos de la obscuridad.

Siempre ha sido así, no recuerdo el momento preciso en que dejé de dormir en los autobuses de noche. Siempre pensando en lo que fue-es-será de mi vida. Como si el pensar en un momento así marcara una diferencia clara y precisa en la futura toma de decisiones.

No logro dejar de pensar en ti. Esa incertidumbre e interés que hay en la oscuridad de la noche en carretera tiene tu esencia como firma. El iPod no ayuda, no deja de poner al azar canciones que bien podrían narrar nuestra historia, narrarla o predecirla. A final de cuentas, recordándome que existes en este mundo, y que lo que pasé contigo no fue un sueño.

Me aferro a lo que me queda, un recuerdo, un sueño y un camino hacia adelante que pocas personas podrán recorrer conmigo. Remonto al pasado y recuerdo las personas que se han unido en mi viaje. Una voz reciente llega a mi mente con firmeza, esa voz que acababa de unirse a una imagen; sus reacciones de pena como rascarse la nariz mientras la miro me dibujan una sonrisa en el rostro.

La obscuridad sigue allí, aunque ahora soy diferente. El iPod dejó de conspirar contra mí, y ahora tengo una sonrisa en el rostro.

El celular por fin ha recibido las palabras que le dan una función, una tarea. Sin embargo, el mensaje no es enviado. Hace mucho que empecé a escribir mensajes que no serán enviados. No mereces mi miel derramada, sólo mereces la verdad. Vuelvo a escribir en mi celular “no he dejado de pensar en ti el día de hoy” y lo envío sin pensar. Sin escribir la continuación “hasta ahora”.

El sueño me vence al sentirme liberado. Sigue habiendo obscuridad allá afuera, pero ahora no soy el mismo.

Llegamos al hotel. No he tomado la Coca que me correspondía del camino. Mando a Hugo, y él decide retribuirse por su espera y toma lo doble del botín. La glucosa no nos hará falta, mientras el peso de su mochila no disminuya con gravedad. Veo el reloj y me doy cuenta que no he dormido nada, pero estoy descansado. Miro al cielo el sol aún no ha pasado lista, me alegro y entro al hotel.

El servicio ha sido malo hasta ahora. Decidimos ocupar el Lobby como nuestra recámara. No pueden decirnos nada, la respuesta ya está lista en caso de que lo hagan: “USTEDES debieron preparar nuestras habitaciones. ¿No les gusta que durmamos aquí de forma tan descarada? Hagan su trabajo, ya les he pagado.”

Salimos un rato a turistear, y me doy cuenta que la gente es agradable. El taxista intenta asustarnos con su forma de conducir, pero no conoce cómo conduzco yo. Salimos a un mercado de artesanías. El regalo perfecto para Cookie, o al menos, a mí me gusta; eso hará que le guste. Tendré que pedirle otra vez su dirección, la olvidé por completo. Y no sé dónde está el log.

Por fin nos dan habitación, pero en la sección de No Fumadores. Prendo un cigarro para burlarme de la ironía y me acuesto en la extraña habitación. Estoy cansado. No he dormido mucho y no dejo de ver la ciudad a través de la ventana. Me gusta la ciudad.